DE LA COMPLEJIDAD FRENTE A LA SENCILLEZ

Publicado: mayo 12, 2022 en Formación Musical

Decir que la felicidad se encuentra en las cosas sencillas de la vida es sintomático de espíritus mediocres, conformistas y sobre todo cínicos. Cuando te acercas poco a poco al inexorable final entiendes que solo en lo más complejo es donde vive eternamente la felicidad, volver a tu propia juventud es tan extremadamente complejo que de hecho es del todo imposible, al igual que evitar la muerte y el paso del tiempo sobrepasan la complejidad de tal forma que solo pueden formar parte del mundo de las quimeras, hasta la Naturaleza se ve incapaz y Dios en su omnipotencia es un imbécil incompetente e impotente. Radicas en los tiempos que añoras el epicentro de tu felicidad, justamente en la etapas más convulsas, tormentosas, y complicadas de tu existencia, de no ser un cínico o un trastornado psicópata es en el amor donde enfocas tus momentos excelsos de felicidad, que es la etapa mental más complicada que puede experimentarse, y es en la ilusión donde acomodas el sentido de vivir, justo en ese proceso que conlleva unas cargas de trabajo, energía, dedicación y tesón que solo se pueden abordar con una fuerza interior que puede conducirte a la extenuación física y mental más tóxica justo por la terrible complejidad de la empresa.

La sencillez es síntoma inequívoco exclusivamente de estar muerto o simplemente de ser un auténtico fraude, deshonesto principalmente con uno mismo.

Los imbéciles aseguran ser felices, y pocas cosas existen más sencillas que la estupidez, se alcanza con ningún esfuerzo, cuando un imbécil asegura que en las cosas sencillas reside la felicidad no hace otra cosa que expresar su satisfacción con su condición de imbécil, pero eso no es otra cosa que la antítesis de la felicidad, a eso se le llama necedad y por supuesto es extremadamente sencilla.

Sentarte en un monte en paz, contemplar el paisaje, respirar profundamente y retener ese momento para siempre, implica un estado mental y físico tan complejo de mantener que aseverar que ese momento es algo sencillo no desvela otra cosa que una mente simple y estúpida carente de todo poder de discernimiento y analítico mínimamente considerable.

Rendirse a la sencillez, con voluntariedad, es ese esfuerzo suicida y vano de hacer complejo lo sencillo, esa claudicación incondicional a ese histrionismo que la sencillez necesita para ser tenida en consideración.

La maestría, como la virtud, consisten en convertir las cosas complejas en algo sencillo, no abrazar las cosas sencillas como forma de autocomplacencia patética y lamentable, asegurar – tras interminables años de aprendizaje, comprensión y automatización de los procesos complejos, para alcanzar la virtud y la maestría – que en la sencillez reside la esencia de todas las cosas, es un ejercicio de cínica demagogia y condescendencia, un flagrante engaño, una deshonesta traición, tanto al mundo como a uno mismo, y una atrofia completa de la memoria y el sentido pedagógico del todo.

El juicio es complejo, el prejuicio es sencillo; la empatía es compleja, la psicopatía extremadamente sencilla; el humor es muy complejo, la burla es patéticamente sencilla; el Tú implica conciencia, el Yo implica instinto; la razón es compleja en relación al instinto, el discernimiento respecto a la opinión, o el Arte en relación al gusto y al mercado; la fidelidad mucho más compleja que la infidelidad; mantener el amor, la necesidad vital y el deseo por quien amas infinitamente más complejo que el vivir al día para ti mismo, simple acto de instinto de supervivencia; la ilusión y las ganas que la improvisación y la procrastinación; mirar a los demás a los ojos es inefablemente más complejo que mirarse uno mismo en un espejo; la honestidad es infinitamente complicada comparada con la pantomima; convertir la dignidad en tu ajuar funerario es de una complejidad tal que raya en la quimera, ser enterrado con una mortaja de indignidad y miseria es tan sencillo como el contemplar la vida con la misma emotividad que un geranio; asumir que envejeces y mueres mucho más complejo que mantener la patraña de ser siempre joven e inmortal; hablar y estar frente a frente con uno mismo honestamente, es extremadamente más difícil que hablar en público; amar honestamente a los demás también roza la quimera cuando se trata de compararlo con amarse tanto a uno mismo como para sentir compasión de los demás e interpretarlo como amor al prójimo; aseverar que tanto el que decide suicidarse como el que opta por vivir es siempre un valiente sopesando sus razones es siempre complejo, decir de uno que es un cobarde y del otro que no posee suficientemente valor como para hacerlo es ser esclavo de los prejuicios y por lo tanto residir en un colchón de sencillez, ergo idiotez, prejuicio y psicopatía constante. Comprender es de una complejidad ilimitada, no hacerlo el paradigma de la sencillez, tanto como exigir comprensión de cualquier auténtica estupidez fruto de todo histrionismo y carencia de existencialidad que fructifica de la egolatría y la psicopatía. La «filosofía» neoliberal, tan en boga hoy en día, llamada «política de la inclusión» de absolutamente todo – incluída cualquier aberración psicopática – asentada en esa forma hipertrofiada del fundamentalismo pseudoprogresista cuya raíz proviene de la caridad cristiana, que no duda en tergiversarla por solidaridad para la prevalecencia de sus espurios principios, es un claro ejemplo de ello.

Lo terrible es que caes demasiado tarde en la cuenta de que tu sistema (des)educativo y (des)socializador capitalista te exige desprenderte de lo positivo de la razón y el instinto para convertirte en un psicópata acorde a las reglas de la corrección de su establecida y permitible apariencia, incluso prefabricando cierta «incorrección» y grotesca «subversión» para hacerte creer que esa es al vía establecida de la revolución o rebelión personal. Extremadamente paradójico todo.

La virtud de la sencillez se consigue exclusivamente superando el camino empedrado y abrupto del adiestramiento de la complejidad.

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