26 años de mi primer paso…

Publicado: febrero 28, 2020 en Formación Musical

26 Cumpleaños de “La Mirada del Ángel”, reseña autobiográfica y otros motivos por los que…

En estos días que se avecinan del próximo mes de marzo se cumplen 26 años de mi primer trabajo como compositor sinfónico profesional, con la finalización de mi primera obra, una pieza breve para Cello y Piano que titulé “La Mirada del Ángel”, que sería estrenada en el IV Festival Internacional De Primavera, “Música del Siglo XX”, el 18 de abril en Salamanca por dos excelentes intérpretes, que a posteriori fue emitida en Radio Clásica y que debe permanecer en sus archivos, emisión que mantengo en cinta de cassette (eran otros tiempos). Evidentemente asistieron las personas más importantes de mi vida en aquel momento, Maria Luisa (mi mujer), mi hermano Carlos y mi amigo del alma Francisco Sierra, ese día tras el concierto firmé autógrafos en los programas a varios estudiantes que se me acercaron, no sé si porque gustó mi obra (difícil de creer) o porque al ser mucho más joven que el resto de compositores interpretados, que me doblaban en edad, y llevar los pelos que llevaba (y aún llevo) me “sentían” como más asequible, al menos más cercano, nunca me volvió a ocurrir, quizá aquello quedó grabado para siempre, en ese contexto no era nada habitual. Pero esta historia la contaré el día del estreno, el 18 de abril.

Hay dos cosas que con el tiempo he asumido sobre mí mismo, que soy un idealista recalcitrante y creo que algo romántico, o al menos muy dado a soñar despierto, los dos condimentos indispensables para conformar al auténtico iluso, por otro lado, y esto me viene de la cuna, un completo ente hiperactivo, lo que me ha generado un sinfín de problemas, síndromes y neurosis, condimentos estos necesarios a su vez, para resultar en entes impulsivos e impacientes que se estrellan a velocidades vertiginosas. Quizá se ha debido a mi obstinada negación a asumir la inapelable madurez lo que me ha hecho siempre intentar eludirla (como panacea del ente iluso) intentando siempre mantener una esperanza infantil en todo lo que he emprendido.

Todo ese maremagno de problemas de desubicación existencial (que sin lugar a dudas me llevaré a la tumba) no me permitía en aquella época utilizar títulos de calado cientifista ni excesivamente “intelectualoides”, como cabía esperar de un joven académico apasionado y con excedente de iniciativas, ya que lo que daba todo el sentido a mi vida era la persona con la que compartía mi más ardiente sentimiento (aún hoy), para Ella era la obra porque Ella era lo auténtico, consideraba como verdad absoluta la conjunción en una sola verdad de ambas verdades, mi primera obra sinfónica y Ella. Además la escribí viviendo en casa de mi hermano, para cerrar el círculo de la perfección, ya que otros lugares se habían convertido desde hacía muchos años es un verdadero infierno donde ni el discernimiento osaba asomar las narices.

Mi contacto con la música había comenzado una década antes, y aunque mi deseo por llegar a ella me venía de mucho antes, no fue hasta los trece cuando conseguí zafarme un poco de la presión, como hijo de obreros que crecía y se socializaba en un barrio profundamente obrero de los 80 de las casas de juego, la heroína en cada portal, colegio y barriada, el pegamento en bolsas, la delincuencia y la miseria, origen complejo y desolador, del que estoy infinitamente orgulloso y así lo he mostrado siempre en los ámbitos académicos, en todos mis estrenos y conferencias ante muchas personas desconocedoras o renegadas de esa condición y realidad, retomo, mi acercamiento llegó mediante una guitarra (algo muy común, tanto como la vida de un obrero), eléctrica por supuesto, cuando todavía ese instrumento guardaba cierto exotismo porque su mercado estaba naciendo aquí de la mano de un rock beligerante en un contexto político y social que anhelaba la libertad, exponencialmente más que en ningún otro lugar del entorno occidental. Si llegar a ella me costó una excomunión familiar y vecinal que hoy perdura, teniendo en cuenta la inquietud que mamé en casa, imaginad un violín, al que llegué después.

Pasé por varias bandas de rock, después toqué con un trío de jazz cerca de la base de Torrejón, cuando aún pertenecía a tiempo completo al Imperio, lugar que barajaba como golosa posibilidad, a modo de puerta intergaláctica o cabina teletransportadora, de hacer mis “américas” por ese vaso comunicante, fue mi primer intento de dejar este lugar para siempre. Sin embargo, siguiendo la barrabasada química que se producía en un cerebro hiperactivo, con el tiempo y a falta de resultados, cansado de repetir licks jazzeros y supuestas “improvisaciones” (aún creen que las hacen), me largué a otra formación para mí inconmensurablemente más interesante, integrada por estudiantes del Superior y alguno ya profesor donde nos dedicábamos a escribir (composiciones reales, música en pentagrama, parece baladí pero aseguro que no lo es), temas de media hora utilizando todos los parámetros, matemáticos o no, más complejos que íbamos aprendiendo en el conservatorio, aderezadas evidentemente por nuestras inquietudes personales que en la época no tenían fondo, Stravinsky, Schoenberg, Webern y el resto de tíos que al mundo les parecía insufrible (aún hoy también). Un teclista, un bajista-contrabajista que además cantaba (aún no entiendo cómo era capaz de meter letra a todo aquello) un batería y yo evidentemente con mi inseparable guitarra eléctrica. El nacimiento, 20 años después de Echoes 1.61 Ensemble no fue casual.

En esos últimos tiempos conocí a María Luisa y bueno, yo llevaba ya tiempo desesperado por dejar todo aquel ambiente y centrarme en la carrera académica además de extirparme definitivamente del lugar donde crecí y todo lo que a él me asociaba para siempre, pero invertía todas mis fuerzas, a plena jornada, en lo único que me conseguía mantener centrado en la vida y alcanzar la paz espiritual del enajenado, tocar mi guitarra, y nada mejor que escribir lineas rockero-dodecafónicas que era lo que tocaba en mi fase de formación (lo segundo, lo primero era simplemente yo, y a día de hoy, también), evidentemente me faltaba el empujón final.

Por suerte María Luisa nos vino a escuchar un día e hizo un “Fidel Castro”, es decir, “mandó a parar”, estaba claro que era la única persona en este mundo que podía ordenar de forma coherente aquella mente perdida en vaya usted a saber qué parte de la galaxia de Andromeda, con una mirada y una sencilla pregunta donde, a poco que se escarbase se podía intuir la conceptualización de “paja mental” en relación a lo que se estaba haciendo en ese local, tuve más que suficiente para encontrar el impulso que me faltaba.

Mi dedicación a la parte académica, mis 24 horas de vida en/por/para el conservatorio, que debía ir devorando tiempo constantemente a la parte indómita de las seis cuerdas de metal, fue tal que a los pocos años conseguí todo aquello con lo que siempre había soñado, ser un verdadero compositor sinfónico.

Pero siempre se pierde algo por el camino, es irremediable, se sacrifica, se apaga, en mi caso fue la guitarra, no volví a mirarla tan siquiera hasta 15 años después, la abandoné por completo, absolutamente, la enterré y con ello renuncié a todo el origen, pero ese era el precio, lo que hasta ese momento había sido toda mi vida, lo que incluso me la salvó ya que fue lo que me mantuvo al margen, o mejor dicho, me apartó de toda aquella mierda que pululaba por los obreros años 80, fue expulsado sin el menor remordimiento y sin lugar a la duda. No es extraño, siempre ha sido mi forma de actuar, si me zambullía en algo lo hacía hasta el fondo, rompiendo con mi pasado y creando una distopía sin futuro, poniendo todas mis “pertenencias” existenciales en un barco y quemando el barco.

Con el tiempo pude comprobar que muchas cosas, hasta lo más deseado, anhelado y amado, pierde toda su fuerza, toda la magia, toda su belleza y su irresistible poder de atracción, su oxígeno, llegan a su fin, y que la podredumbre lo cubre absolutamente todo. Sin embargo no se puede soslayar en modo alguno que con todo aquello conseguí hacer de mi pasión, de mis sueños, de lo que necesitaba para poder seguir respirando, mi profesión, mi única profesión, pero hubo algo que permaneció inmutable, aquella necesidad de vadear la madurez y mantener la condición de iluso recalcitrante.

Hoy poseo toda mi vida académica y el subsiguiente historial profesional, y aunque parezca extraño, volví con mi guitarra (ya se sabe lo que se viene diciendo de las cabras y los montes), me perdonó y me comprendió, pero ya no era una cuestión de necesidad vital como antes, sino de huir de todo lo que otrora fue un sueño, y que finalmente, ha ido derivando en auténtica pesadilla de la que también he deseado escapar, siendo, paradójicamente, mi asidero eso mismo de lo que en su día escapé, porque, al igual que aquello, no es puro, porque no es Arte y porque ya apenas es académico, es sola y exclusivamente otra mercancía con la que tan siquiera se hace mercado, simplemente se mercadea, como no puede ser de otra manera cuando se trata de Arte.

En su momento, en lo que vino después, en mi segundo intento de evasión de este “lugar”, no fui capaz de llevar conmigo lo que más necesitaba y necesito del mundo, hablo de cuando mi devenir académico en París y posteriormente en Maastricht, porque aquí ya estaba “todo el pescado vendido” y hasta olía a podrido desde hacía tiempo. El no haber contado con ninguna ayuda en absoluto, algo que siempre encontré inverosímil, sopesando mis calificaciones, que en algunos casos eran las máximas y en otras las únicas ya que las mismas solo se otorgaban a una persona de las concursadas, no es suficiente excusa como para no haber intentado algo más y haber llevado conmigo a los dos allí, pero cuando la separación te quita el oxígeno las fuerzas dan justo para lo que dan y la visión de futuro desaparece por completo siendo incapaz de superar el presente más inmediato. Cada momento se vive como se vive y esto sí que me sirve como excusa.

Nunca dejé de ser un obrero, con el cándido espíritu de la honestidad aprehendida como obrero y la ilusoria condición infantil de la alienación que el sueño capitalista nos injertó a todos por vía de la tradición familiar – “Hijo mío, trabajando duro podrás conseguir todo lo que te propongas” -, derivación preclara de esta otra máxima que reza – “El trabajo te hace libre (esclavo mío)” -, por lo que esta misma fuerza adquirida en los barrios que me hizo conseguir todos mis sueños y trabajar duro por ellos, a su vez, llevaba insita la condena y la jaula. Sin lugar a dudas, en “esto” al menos, hace falta mucho más que trabajo, o mejor dicho, mucho menos trabajo de éste y mucho más de otro tipo de trabajos con lo que yo al menos no comulgaba ni comulgo, lo que te permitía además trascender muchísimo más rápido y con más garantías, y a su vez, y lo más importante, ¿Qué coño hacía yo solo en “ese” lugar? Sin lo que se había quedado en “este” lugar nada valía una mierda.

Por otro lado, estoy seguro de que esta amarga sensación me hubiera sobrevenido más temprano que tarde, me encontrase donde quisiera que me encontrase, porque es parte de la esencia de uno mismo, algunos lo llaman “inconformismo”, yo lo conceptualizo con una definición un poco más extensa que una palabra, cargada de auténtico optimismo aunque aparente ser lo contrario:

Ni en mis peores sueños hubiera imaginado que el mundo se pudiera ir verdaderamente a la mierda e iba a degenerar de esta forma cuando aún quedaba algo de ilusión y la lógica invitaba a pensar justo lo contrario”

Estoy seguro de que todo esto, con una sola palabra interminable de esas que tanto gusta inventar a los filósofos y estetas alemanes, o con algún ideograma chino, podría resumirse perfectamente de un solo trazo, sin parrafada.

Sin duda la madurez me ha alcanzado, era cuestión de tiempo y mira que me he desvivido por zafarme de ella. En cuanto al optimismo es algo manifiesto, está fuera de todo cuestionamiento, sigo tocando pero ya no escribiendo, escribir sobre un montón de mierda no tiene ningún sentido.

Sin embargo, en estos días se acerca mi 26 cumpleaños del nacimiento como compositor académico, el 26 aniversario de la consecución de mis sueños de niñez. Tomando como argumento lo que asegura una psicóloga del Cramc de la URV:

«Hasta los 27 años no se detecta un cambio de actitud importante»

Con lo que los expertos retrasan hasta los 27 años la edad en que los jóvenes maduran (eso dicen).

Quizá yo lo haya retrasado exponencialmente y mi edad sea la retrogradación de los 27, es decir, los 72, qui lo sa, lo que sí he aprendido es que la consecución de la madurez, se produzca esta cuando se produzca, no implica dejar de ser un auténtico gilipollas y que a veces lo único que aporta es amargura, frustración y miseria humana con unas dosis de psicopatía y resignación de “cuero curtido” que siempre me ha parecido absolutamente deleznable y que es exactamente todo eso lo que me ha hecho evitarla a toda costa.

Como optimista hasta la afección, pueril e iluso, quizá haya llegado el momento de hacer lo contrario, adelantar un año la madurez, de los 27 a los 26, y abrazar la resignación de seguir escribiendo, la verdad ES que miro esta obra que expongo en fotografías, realizada sobre pentagramas dibujados a Rotring y grafías garabateadas con lapicero y regla, y no puedo contener una sonrisa, como cuando miras con orgullo a tu hijo al reconocerte tú mismo en él, aunque su versión sea muy mejorada por supuesto.

No sé quizá en mi 26 cumpleaños deba madurar y volver a escribir, el problema es la realidad (madurez) capitalista, ya que no comer de tu profesión es una de las cosas que jamás he concebido tras pasar media vida “pegando sotanazos” (como gustaba decir a un viejo profesor de armonía y contrapunto que tuve y al que debo este primer estreno) por los conservatorios, hoy te encuentras con que no puedes invertir un tiempo, salud y fuerzas en algo que en tu contexto vital no aporta absolutamente nada, ahora, al del resto de participantes del proceso, en la mayoría de los casos (no en todos) sin embargo si, pero lo que no varía nunca es que en el tuyo propio no, y eso, el que solo aporte un beneficio infinito a tu espíritu, a tu ego, a tu parte metafísica ¿No está directamente entroncado con el infantilismo? ¿Con la falta de madurez (enfocado desde un escenario realista, ergo maduro, de la coyuntura vital capitalista)? ¿Componer a día de hoy y en este contexto de madurez, a no ser que implique pecunio, no es un acto auténticamente pueril y estúpido? Y no, no es una crisis existencial de ahora, es algo que arrastro desde que me bajé del avión sin billete de vuelta, cuando quemé todas mis naves tras los Pirineos.

Propuesto de otra forma, parece ser que lo que se le reclama al compositor, desde una realidad capitalista no es otra cosa que plantearse volver a escribir en un entorno que nada aporta a esa realidad, una implicación madura y “coherente” que se traduce en realizar justamente actos inmaduros. Evidentemente si tu pasión no es tu profesión ya que no la avala ningún devenir académico al que has debido dedicarte en cuerpo y alma durante muchos años, es fácil hablar del alimento espiritual, metafísico y trascendental, pero si la profesión parte de una realidad académica y un “condicionante” estético adquirido por coherencia, condicionante como sinónimo de “compromiso”, de “obligación” ética para todo lo que te precede y te sucede, donde se manifiesta explícitamente un acuerdo tácito de honestidad inviolable que demanda permanecer en la vanguardia sin perder un solo segundo en contaminar tu labor con la prostitución que la realidad madura y capitalista del comer y la factura te obliga a abrazar, escribiendo basura que reporte beneficios y no Arte, sino productos de supermercado, entonces ¿Perder vida y salud en escribir vanguardia y Arte no es un acto pueril y absurdo? ¿Escribir vanguardia y Arte teniendo que ceder al chantaje, al cambalache de rastrillo y a la política sibilina y las malas “artes” no es retomar los métodos de aquel mundo que una vez dejaste por ser una auténtica casa de putas?

Todo esto, la gente no lo concibe, es incapaz por completo, porque simplemente no lo vive ni lo vivirá jamás, encadenarán palabras, sonidos, trazos, perfiles, imágenes, artefactos recogidos de vertederos y reutilizados en galerías de arte aderezados con manuales enciclopédicos de estupideces estéticas de la expresión humana que ni ellos mismos entienden y que cualquier sodomita o pedófilo habrá escrito (a veces ellos mismos), y que algún estulto payaso de género inefable, autoerigido en “crítico”, en segura nómina de un especulador, venderá, para que ese especulador de capitales, armas, trata de blancas o proveniente de la usura de la banca que viene a ser lo mismo que todo lo anterior, devenido en el mecenas de turno blanquee el sobrante de capital que no ha podido mover.

Desde hace años tengo varias obras que no he escrito y que se me encargaron en su momento, no he cumplido como profesional, me he comportado como un impresentable, he faltado a mis encargos y entre medias me he dedicado a proyectos que o no han cuajado, o se han quedado en un congelador, o simplemente se han hundido, por mi mal hacer o por la zancadilla sistemática y recalcitrante también, que uno es iluso pero no gilipollas. En este caso sí existe una excusa ineludible, ese proceder se ha debido a que simplemente actué como una persona madura, no invertir NADA en algo que no me aporta absolutamente NADA, en definitiva, dejando eufemismos y suspiros de iluso aparte, pragmáticamente hablando en un contexto capitalista, de lo que se trata realmente, de madurar ¿no? Porque un estreno me hace crecer como ser humano pero no me permite pagar la comida diaria (tenemos el vicio de comer todos los días), la educación de mi hijo, mi casa (que debe pagarse, no es gratis ni heredada), las facturas etc. ¿De qué coño sirve escribir “capitalistamente” hablando? Y no nos engañemos, hoy todo implica ese espíritu, TODO, de hecho lo que no es “útil” es inservible. No he mostrado mayor madurez en mi vida que cuando he optado por dejar de escribir, es decir, dejar de ser yo, renunciar a mí mismo y a mi academicismo, dejar de pasar hambre para que coman los demás y paguen sus facturas o su hambre espiritual a cambio de comer yo metafísicamente hablando.

Escapé del mundo no académico, el popular, o mejor dicho, el industrial, porque lo consideraba pútrido y espurio, me refugié en el mundo académico del Arte porque lo consideraba el último bastión de la epistemología y la autenticidad con el subyacente compromiso evolutivo del Ser Humano, pero eso es falso también, el contexto socio-político y su materia prima, el sistema del “Ogro” económico antes descrito, es el que ha conseguido no diferenciarlo absolutamente en nada de aquel que abandoné.

Ya es tarde para madurar como sujeto, fuera de la Música, dedicarme a la política, a la empresa, a jugar al mus en los bares, a hablar de fútbol y comportarme como un orangután en sus estadios, a dar mi opinión sobre lo que sé y sobre lo que ignoro por completo, en crear opinión, en recortar mi pelo blanco para aparentar ser un señor respetable que hace todo lo anterior y más, es decir, en acosar a mujeres y niños que empiezan, en tragar carros y carretas y asumir las toneladas de mierda que me quieran echar encima si quiero mantener mi estatus profesional o dirigir órganos de gestión u ocupar puestos de trascendencia en ministerios o conservatorios y todas esas cosas que hacen las personas maduras, y que en su momento pude llegar a hacer, cuando dirigía encuentros o tomaba decisiones en centros de enseñanza, a impostar la voz cuando hablo de mi obra, a permitir que mi ora suene en una Fundación perteneciente a un colaboracionista del genocida, dejarme caer por ciertos lugares por si cae algo, reir las gracias de aquellos que nunca la han tenido, dar palmas y saltar a mi edad cuando aparece un mafioso, es decir, todo lo que suelen hacer las personas responsables y maduras.

Hoy, miro esta obra, miro a quien va dedicada y observo que tenerla aún al lado, y haber creado con ella la mejor y única obra que realmente me importa, me permite ver que en cierto modo, sí he sabido ser maduro en algo, en aquello positivo que se pueda extraer de la madurez, que como todo tiene su lado positivo. En el resto, ya soy lo suficientemente mayor como para no luchar contra mi idiosincrasia, debo por lo tanto abandonarme al infantilismo, seguir tocando y contraviniendo la lógica y la coherencia, retomar la escritura, pero esto último solo para mí mismo porque la realidad capitalista acecha constantemente y debo asumirla, no debo escribir gratis por mucho que haya hecho de mi pasión y mis sueños mi profesión, la única. Si voy a pasar hambre físico por alimentarme de manera exclusiva metafísicamente hablando, que nadie coma de mi hambre, el que quiera viajar con lo que yo pueda hacer primero que me aporte nutrientes sino al cajón de la mesilla que al menos seguirá sonando como deseo y no como “intérpretes” al peso la destrozan. La Mirada del Ángel será lo que me haga retomar la actividad, la energía remanente que utilicé en ella es lo que me moverá 26 años después, lo que suena hoy por hoy en sus pentagramas manufacturados, lo cambiaría en su mayoría, pero eso es lo que implica desenterrar tus orígenes, y ésto muy al contrario que tu proceder en el tiempo, “aguanta” ciertas mejoras…

El 18 de julio continuará…

Fecha

Dedicatoria

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comentarios
  1. Gracias, mil gracias, por ser tú, auténticamente tú… Me sentía, me siento y me sentiré eternamente agradecida por haberte encontrado.

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