“ENVIDIAS” Y LETANÍAS EN MI PERIODO DE ESTIVACIÓN

Publicado: agosto 18, 2019 en Formación Musical
Ahora, con la realización de un anhelo arcano, con el que solo había tenido contacto directo por ingente bibliografía, que en mejor o peor estado (dependiendo de las veces que haya caído presa de mis relecturas) conservo en casa, y como visitante o turista arqueológico, como digo, una vez experimentado ese anhelo y habiendo templado ya la emoción que aporta la praxis en todo primer contacto, llego a la conclusión de que siento una enorme sana envidia por lo arqueólogos.
Por un lado, no me ha decepcionado en absoluto, aunque no he llegado a meter pico y cepillo fino, sino del gordo a la vez de haberme permitido (demostrando una confianza un tanto temeraria por su parte) clavar algunas ferrallas de acotación, sino que me ha emocionado hasta tal extremo que hoy por hoy, estaría dispuesto a recorrerme y realizar un máster en peonaje voluntario por todas las excavaciones prerromanas de la Península, todo esto es lo que me quedo, pero hay una parte amarga que sufro en la extrapolación, indebida por supuesto, pero inevitable.
La envidia (sana por supuesto porque sigo pensando que a estas gentes todo apoyo que reciban y reconocimiento es del todo insuficiente) se basa en la siguiente comparación (siempre odiosas):
Los arqueólogos deben tener una vocación a prueba de bombas, no menos ni más que el compositor sinfónico (e infinitas ciencias y artes por supuesto, pero ahora estoy con mi experiencia no con la del resto del mundo), las complicaciones del día a día y la coyuntura social supone un constante contratiempo a la perfecta, o al menos, suficiente actividad insita de la profesión en cuestión, pero, y aquí es donde mi “dolor” se vuelve punzante. Su trabajo, por calendario académico, ergo laboral, se desarrolla si o si en periodo vacacional, el trabajo compositivo serio, no el de “matacaballo”, que es el que se realiza normalmente en una estúpida dinámica acumulativa e hiperproductiva absolutamente grotesca, ese trabajo, como digo, se realiza con calma en ese periodo liberado, una vez que sin carga lectiva y laboral la mente se desliga por completo del corsé que oprime la creatividad y solo desde esa libertad puede dedicar uno todo su discernimiento a la investigación, sobre todo de uno mismo y por ende al de la creación y el crecimiento de la obra propia.
El arqueólogo realiza su trabajo en un contexto (temperatura o inclemencias climáticas a un lado) más o menos íntimo, el equipo, algún mirón o pesado (como el que suscribe) que se infiltra en la excavación, pero no están siempre por suerte para ellos, por lo que no suponen una interferencia seria. Los trabajos se realizan en lugares generalmente apartados, tranquilos en cierto modo, solitarios, silenciosos, donde el poder de concentración y discernimiento pueden llegar a cotas tan elevadas que el análisis y la productividad alcanza momentos de paroxismo y éxtasis. Las gentes acuden y ellos en su inconmensurable labor, en cierto modo muy creativa, y tremendamente pedagógica, muestran su interpretación del pasado (pero pasado al fin y al cabo), después le sigue un trabajo de catalogación, estudio y principio de conclusión científica de todo lo realizado, dando paso a escritos, artículos, tesis, libros, etc. Esto es Facebook, hay mucho más pero el espacio expositivo no es el de un libro o un relato corto, por lo que hasta aquí llego.
Como compositor sinfónico, dependo por completo de la soledad, la tranquilidad, y el poder de concentración y discernimiento que solo otorga el silencio. Los arqueólogos en definitiva no necesitan del oído y el silencio absoluto para desarrollar su trabajo, toda su utilería al completo se concentra, insisto, en mi caso, sola y exclusivamente en el oído (soy consciente de el personal no entiende el concepto pero debo subrayarlo.
Mi contexto climático es algo mejor, pero solo en apariencia, ya que para el proceso creativo-crítico, en los veranos que se nos están quedando, porcentualmente son mucho peores.
Nosotros elegimos para realizar nuestros trabajos un lugar apartado, tranquilo en cierto modo, solitario (vivimos en el límite de la localidad y fue buscado), silencioso, donde el poder de concentración y discernimiento pueden llegar a cotas tan elevadas que que el análisis y la productividad alcanza momentos de paroxismo y éxtasis, sin embargo y para sorpresa y frustración, casi nada de eso se cumple, en verano, absolutamente nada de nada, ya que jamás falta la intrusión en modo de incursión de polución acústica del perro anfetamínico de algún oligofrénico colindante, o el ataque expreso del hijo inadaptado de las hordas que en verano asolan todo el sentido del por qué dejaste la ciudad y te viniste a desaparecer en un pueblo (desaparecer…¡las ganas!), o la actividad constante a modo de stor hortera que promueve no la diversión, sino el desenfreno y la invitación al desparrame más grotesco y ridículo, espoleando a niños, muchos ya con pelos en las piernas, a vomitar toda la frustración acumulada en un pequeño lapso de tiempo, por lo que silencio, tranquilidad, paz y concentración, en comparación con los arqueólogos 0. Benditas inclemencias del tiempo comparado con esto que Schopenhauer consideraba un cáncer del conocimiento como es el ruido gratuito producido por los engendros de la incontinencia.
Si tras todo esto, consigues unir dos sonidos con cierta coherencia las gentes acuden (en pequeño número) a escuchar la interpretación del futuro, o mejor dicho del presente, donde rara vez tienes tiempo o coyuntura para explicar qué se ha trabajado y ahora se expone, es decir, que tras meses de trabajo, nadie en el auditorio entiende realmente nada, y tras eso, no viene nada, porque la mayor parte de la veces no se va a volver a interpretar, a no ser que cuando mueras, alguien, totalmente ajeno, pueda vivir de ello y la maquinaria IPY “interpretación de pasados y yertos” pueda convertir el “producto” en activos discográficos, académicos, literarios o de cualquier otro tipo siempre que sean activos con los que se puedan comerciar y tú seguir pudriéndote, ahora mientras crías malvas, donde antes criabas geranios.
Paradójicamente mi profesión es la que elegí y con la que soñé desde pequeño, eso no es óbice para que de vez en cuando, tras los fines de semana de verano, siempre difíciles, uno caiga en la fácil actitud de la lacrimógena comparación como desencantado habitante perenne de un pueblo.
En definitiva y termino señoría, qué envidia (sana pero envidia al fin y al cabo) me dan los arqueólogos y como me gusta su profesión, de la que alguna vez más espero disfrutar con pasión.
P.D. ¡¡Qué calor pasáis, pero que suerte tenéis cabr….!!
Arqueocomposición
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