NO EXISTE NADA MÁS IMPORTANTE EN LA VIDA QUE UN BUEN Y MAGISTRAL TRÉMOLO…

Publicado: junio 14, 2019 en Formación Musical

NO EXISTE NADA MÁS IMPORTANTE EN LA VIDA QUE UN BUEN Y MAGISTRAL TRÉMOLO…

Hace muchos años, en lo dorado de mi etapa como guitarrista de rock, comencé a dar cuerpo a una hipótesis sobre las tendencias naturales, instintivas, de algunas dimensiones de la Música que distinguían a hombres de mujeres y viceversa. Todo surgió ante un acto que yo creía ver (en el estado de discernimiento en el que solía encontrarme me hace dudar) y que era repetido (o al menos así lo intuía) en cada concierto. Cuando llegaba uno de mis solos, en aquella época mi obsesión por la velocidad de ejecución no tenía límites, comprobaba que el público femenino dejaba de observar al cantante y sus movimientos lascivos o de macho alfa, y dirigían su atención a mis manos, los dedos recorrían el mástil, arriba y abajo, de vez en cuando paraban y presionaban en un punto de la cuerda que la obligaba a subir y chillar, al principio estaba convencido de que mi agilidad interpretativa las embelesaba, hasta que comprobé que no era mi mano izquierda, que se desplazaba como una araña con varias sobredosis de anfetaminas las que admiraban, sino mi mano derecha, la mano que sujeta la púa entre los dedos, las velocidad endiablada de esos dedos en un movimiento repetitivo que podría poner cualquier huevo en punto de nieve o montar cualquier lácteo y convertirlo en yogurt, en décimas de segundo. ¿Qué podía ser aquello que tanto las atraía de ese sensacional movimiento, pero enormemente aburrido en cuanto a diversidad? ¿Qué encontraba esa sección del público tan interesante como para requerir toda su atención en aquel maremagno de incitación y perversión? Y de pronto caí, era evidente, la extrapolación, no había ninguna duda.

¿Ese muchacho, sería capaz de alcanzar esa velocidad de muñeca, con esos dedos en otro contexto completamente diferente siempre? ¿Y durante tanto tiempo? ¿Sin desfallecer? Quien en su sano juicio no se haría esas preguntas, evidentemente la otra sección del público, más preocupado de destruirse las cervicales como si buscasen descorcharse a la altura del occipital o saltar como verdaderos homínidos primigenios, por supuesto más acorde con su estado o idiosincrasia mental, ellas pensaban, calculaban, hacían en cierto modo cálculos matemáticos y físicos extrapolados, ellos sencillamente se movían mientras las meninges permanecían yertas.

Entonces comencé a pergeñar una hipótesis del estilo de las que yo mismo creaba de pequeño, como aquella que decía en su primera ley fundamental “Todos los hombres con bigote tiene la voz grave”, lamentablemente mi vecino se lo afeitó y muy a mi pesar, como científico del absurdo convencido que era, mantuvo su registro de voz en el sótano, momento en el que entendí que mi poder de discernimiento se encontraba más polarizado hacia la imbecilidad profunda que a cualquier otra condición intelectual tan siquiera cercana a un solo atisbo de apercibimiento lógico.

Comencé a darle forma creando ciertas ideas que presentaría a proyecto de ley ante la comisión de sabios que se reuniría para probar, o en su caso, desterrar esas propuestas de la leyes que caracterizarían las diferencias musicales entre hombre y la mujer. Ni que decir tiene que esa comisión de sabios estaba compuesta por mí mismo y todos mis estados de embriaguez, de 0 a 10, más los estados depresivos transitorios, en definitiva, una auténtica multitud.

De esta forma podemos concretar que la mujeres y los hombres en los momentos inequívocos de muestra fehaciente de idiosincrasia se manifiestan de las siguientes maneras.

Las mujeres adoran los crescendo, son partidarias de ritmos en semicorcheas en progresión ascendente a la fusa, eso indicaría que la teorización preliminar de la atención en cuanto a la técnica de alternancia del plectro estaría fundamentada en una realidad empírica.

La tesitura de la mujer puede abarcar diversas octavas, en timbres muy diversos, llegando incluso a rozar en ocasiones los ultrasonidos.

Son exponencialmente más intuitivas ante la dimensión rítmica, por lo que su desarrollo corporal es más sofisticado en el baile, incluso sin ese desarrollo se puede observar que en la mujer estática, al escuchar una base rítmica genera un desdoblamiento en semicorcheas de la unidad temporal en caderas, lo que nos retrotrae al principio de estas propuestas. En el hombre simplemente no se aprecia nada, no está física ni intuitivamente dotado para ello, y a veces, cuando se intuye es mejor no mirar por lo grotesco de la acción.

El hombre, como ser más básico prefiere ritmos más arcanos y de poca mutabilidad, siendo proclive a los ritmos ternarios, que algunos llegan a interpretar con profusión varias veces al día, los más enfermos.

En cuanto a tesitura, normalmente abarcan una segunda mayor, en algunos casos un solo sonido que repiten como si tuvieran las facultades mermadas.

Con estas someros y exiguos principios se puede demostrar, sin lugar a dudas, el por qué de que el guitarrista de un grupo ligue tanto o más que el cantante, no teniendo éste más ofrecimiento posterior que su sola presencia predominante en la escena, pero de poco provecho fuera de ella y exponencialmente más que el batería o el bajista de la banda, cuya nula o poco ágil respectivamente técnica del plectro, les hace bastante menos atrayente para la mujer en un contexto de utilidad exoescénica.

Por supuesto, esta necesidad de preeminencia del guitarrista sobre el resto de componentes del grupo indicaría la parca o nula existencia de instrumentistas de viento, sobre todo de la familia de los metales en el grupo, ya que la técnica atrayente de la púa del guitarrista, la tienen estos instrumentistas en la lengua.

Todo lo anteriormente expuesto me lleva al planteamiento del por qué la mujer no ha tenido más profusión en el acto compositivo e instrumental, muy por encima incluso del hombre, seguramente hubiera sido todo mucho más interesante. Salvo en la sección de cuerda del contrabajo, donde la técnica de los trémolos evidencia que es inequívoca de hombres por su similitud con otros contextos más instintivos.

Décadas después aún continúan en la comisión con la experimentación y el cotejo de datos. En breve publicarán sus conclusiones. Tengo esperanza de no llevarme la misma decepción que con las leyes de estrecha conectividad entre la frecuencia de las cuerdas vocales en directa proporción con los mostachos, más que nada por saber que algo ha cambiado en mi discernimiento con respecto a mi infancia.

P.D. Si no fuera por estos momentos ya me habría tirado al tren, “tirado” en sentido literal, no instintivo por Dios…

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