Archivos para diciembre, 2017

Los entes, las empresas, las corporaciones, los centros educativos públicos y privados, los trabajadores y trabajadoras, los alumnos y las alumnas, las familias, los conocidos y conocidas, el público, el auditorio, etc, tienen tan viciado el engaño, han sido timados y han sufrido tantas prácticas fraudulentas durante tanto tiempo en propias carnes, han deseado tanto negarse a reconocer ese abuso antes de asumirlo y pasar por tontos (haciendo así el juego al villano y dejándole escapar de la justicia objetiva), lo han llegado a incorporar como medida de socorro de la futura defensa propia y por ende a asumir como práctica personal de supervivencia para mimetizar con la manada y su dinámica social del mentiroso y embaucador como personificación del «triunfador» y el «sibilino» (término paradójicamente asimilado como preclara manifestación de inteligencia, sin duda por los mecanismos de doctrina mercantil y sus documentales pseudociéntificos avalados por prestigiosos centros de la «Ciencia» y la «Educación» privados o no) que…

Cuando de pronto, encuentran a alguien que les expone la verdad, les evidencia el engaño sufrido durante tanto tiempo y se les tiende la mano, solidariamente nunca condescendientemente, para entre los dos «salir del entuerto» la resistencia es tal, que el que se encuentra en la posición más vulnerable, el que realiza el ejercicio empático de socorro, normalmente sale vareado tras mil y una situaciones en el que la víctima primitiva del engaño (de un sujeto infame que ya no está ahí ni se le espera) pasa a convertirse en verdugo del socorrista, al que ahoga con él, tras una batería de miradas, palabras, cuestionamientos y actitudes desguazadoras de sospecha hacia éste, que solo pretende evidenciar el engaño con pruebas tangibles e irrefutables y al que, por norma general, le pillan estas situaciones infames con la guardia bajada por creer permanecer en territorio no hostil y se come el mordisco o el zarpazo del resentimiento ajeno.

Luego ya están los que han enfermado (o ya han nacido o se les ha criado así) y han mimetizado tanto con la dinámica del embaucador y la coyuntura social que lo sustenta, de la publicidad y la mentira, del libre mercado en definitiva (del todo vale, de el fin justifica los medios, de la apisonadora del mercantilismo hasta de la propia madre) que se convierten en verdaderos maestros, paradójicamente, eternos aprendices de villano, que no dudan en utilizar la lisonja, el regalo de oido y la promesa-amenaza (tipo de terrorismo en relaciones personales y de habitación) para, como se dice vulgarmente, «llevarte al huerto» (al suyo específicamente).

Y es que ya lo decían estos, la revolución se puede hacer en cualquier campo simplemente diciendo la verdad, aunque muchas veces el ostracismo sea el precio a pagar por no entrar en el juego (y recibas en algunos casos puntuales hasta llamadas recordándote lo mala persona que eres por no haberte dejado «engarzar» por la retaguardia, por cualquier sujeto X de la ecuación, de la que sin duda, uno es el 0 pasivo que «recibe bombeo» inmisericordemente).

Estoy ahora con muchas personas, en muchos ámbitos, que parecen asumir que han sido engañados pero noto cierta desconfianza y resistencia a dejarse ayudar aunque acudan a mi (sea yo el buscado o la única opción que resignadamente han encontrado, me es igual), si toda esa reticencia se mutase en colaboración e identificación del mentiroso y asunción del engaño sufrido, sería todo tan fácil…TAN FÁCIL.

Y es que no hay nada más cruel y traidor que oficializar, por ejemplo académicamente, el fraude o acompañar de lisonja y servilismo, con un sazonamiento de voz grave y actitud de tiburón, el engaño a personas con poca o ninguna información sobre el tema a tratar, ya que incluso viviendo 1000 años siempre seremos niños ignorantes y crédulos en el 90% de los campos del saber.

Ya se nos embauca desde pequeños con caramelos y nunca abandonamos esa dinámica. Solo tras haber sufrido el engaño miles de veces, como un servidor, se está en disposición de hablar de él desde la experiencia, pero desde la perpectiva taoista que da la edad, como decíamos en el barrio «desde el buen rollo», porque yo seguiré chupando caramelo, pero nunca estaré dispuesto a chupar o ser chupado por el caramelo, tenga este el color de ojos que tenga o lleve el bolso a juego con los zapatos.

A nivel personal pido que nunca se me diga por ejemplo «me gusta tu música» si realmente no la entiendes, con intentar entenderla o abrir los oidos me conformo, si la entiendes y te gusta genial, si no te gusta entendiéndola, no la escuches, si no te gusta sin entenderla ahórrate el comentario. Y sobre todo no me digas lo bueno que ves en mí porque ya lo veo yo, veo hasta lo malo.

Ah! y confía un poco más y no te confíes tanto.

 

Pd: Académicamente todo el mundo sabe que odio la docencia desde la entraña, no se si eso me convierte en mal o buen docente, quizá en un poco borde (exigente, no me gusta tirar el poco tiempo de vida del que dispongo por el sumidero de la estupidez), lo que si tengo claro es que a pesar de los consejos de los muchos «docentes» «vocacionales» y «concienciados» que me he encontrado en mi dilatada carrera en la enseñanza, al contrario que ellos, ni se, ni quiero, ni me permito «hacer caja», nunca entenderé ese tipo de «vocación» y «concienciación» que se gastan algunos, ellos son más simpáticos, sin duda el aberrante mercadeo del sujeto alumno-cliente es lo que necesita, pero el daño que hacen al alumno-cliente y a la víctima del docente heredero es infame.

Ese es el tipo de educación que las políticas del sufragio universal respaldan, luego no se quejen.

 

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